miércoles, 11 de febrero de 2015

POESÍA

Cuando uno es joven se plantea preguntas, excesivas preguntas, sobre casi todo, pero conforme pasa el tiempo lo que suele dar miedo es intuir las respuestas. Quizás por eso uno se interroga menos, o con menos intensidad: por miedo a tener que respondernos a nosotros mismos (los jueces más implacables). No lo sé, tengo que meditarlo. Ya veremos si lo medito...
En mi primera imprudencia publicada, mi primer libro de poemas (tomo el guante que lanzó mi admirado Juan Manuel Villalba el otro día, en su excelente recital en El pimpi y no hablaré de poemario), comencé el texto con la primera en la frente, planteándome por el sentido de la poesía (¿se puede ser más atrevido? Menos mal que el paso del tiempo no sólo sirve para que suba el colesterol malo, y nos sosiega). No suelo extraer poemas de ese primer libro, me da más rubor de lo normal, pero... hoy haré una excepción. Porque a lo mejor viene bien repensar sobre esa bella inutilidad que nos da la vida a unos cuantos locos. Platón sabía bien lo que decía sobre los poetas...
 
 
¿Para qué sirve la poesía?
 
¿Para qué sirve la poesía?
Me encanta recibir esta pregunta
de labios de algún ejecutivo
que compra y vende acciones, empresas, personas
y otras muchas cosas.
Me encanta, porque así
puedo contestarle,
con mi mejor sonrisa,
que yo la necesito para vivir,
pero, afortunadamente,
a él no le servirá para nada.

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